• Lecturas Mexicanas

¿Quiénes somos?

Lecturas mexicanas, a pesar de tan ambicioso y totalitario título, es un spin-off de Un lector de a pie. Cuando presenté Un lector de a pie, escribí que nada me ligaba al mundo de las letras, salvo el gran, infinito y muchas veces demandante, hábito de lectura.
Había decidido tiempo atrás, cuando rocé la treintena de años y fui consciente de que siempre hay muchos, muchos, infinitos más libros para leer que tiempo para hacerlo en una vida humana, que sería selectivo con mis lecturas, apostando por el material de escritores galardonados con premios Nobel, Pulitzer, Cervantes o cualesquiera otro, que de alguna forma, remota y lejana, avalaran la obra.
No tuve éxito. Seguía leyendo lo que se me antojaba, compraba barato o me regalaban. Elaboraba listas de libros para comprar esperando que pasara el tiempo reglamentario de acuerdo a la ley para que las novedades bajaran de precio. Y al mismo tiempo, los autores mexicanos brillaban por su ausencia, en mi lista, sin alguna explicación de peso. O analizada. Repetía, tal vez, la misma situación que ocurría con el cine. Generacionalmente, estoy catalogado desde la mercadotecnia, como un boomer, lo que significa que cuando pude, por mi propia decisión, comprar un boleto para asistir al cine, en forma independiente, eran los años setenta y el cine mexicano estaba en crisis después de su época dorada. Ficheras, albañiles, albures y bromas pesadas en Acapulco acaparaban las pantallas nacionales. En cambio, el cine comercial de Hollywood nos invadía, moldeaba y aleccionaba en los complejos cinematográficos —¿existían?—, y en televisión. ¿Ver una película mexicana? No había forma. ¿Leer un autor mexicano? Tampoco. Por cierto, ¿existían? Mi cultura, como ahora, era bastante limitada y mis conocimientos, aún más.
Después de un tiempo de compartir mis experiencias de lectura en Un lector de a pie, la curiosidad hizo presa de mi cerebro. ¿Qué hacen los que realmente se dedican a escribir sobre libros? ¿a reseñarlos?, me preguntaba constantemente. ¿Cómo saberlo? Ya había estudiado psicología en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), en Xochimilco, y sabía que de proponérmelo, podría volver a las aulas universitarias sin importar la edad. Y lo intenté con éxito. La Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) me aceptó luego de un examen de selección pospuesto tres veces y realizado —al fin—, con guantes, cubre-bocas y careta de protección. Era el inicio de la pandemia.
Empecé la licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas, en la Facultad de Filosofía, bajo la modalidad abierta en el segundo semestre del año 2020. Tres semestres tuve clases, un día a la semana, en forma virtual. Recuerdo el día de mi cumpleaños sesenta, que coincidió con el día de clases y para celebrar, abrí una botella de mi vino preferido, Malbec, de la casa Moras y disfruté escuchando la cátedra del Dr. José María Villarías Zugazagoitia sobre la literatura española del siglo XX. Inmenso, José María. Descanse en paz. La segunda hora cambiaba el profesor y la palabra “mexicana” sustituía a “española” en el título de la materia. Tampoco Andrés Armando Márquez Mardones comentó algo sobre mi copa de vino, que por supuesto, tal vez sería ya la segunda o la tercera. No se puede beber en el aula universitaria, pero nada impide hacerlo en la soledad de tu escritorio frente a la pantalla en una que otra pandemia. Literatura-vino, perfecto binomio.
Tal vez esta historia debí haberla dejado de lado. Cualquier lector de a pie atento verificará que mis experiencias de lectura antes y después de mi paso, virtual y presencial por la Facultad de Filosofía no hace diferencia en mis textos. Como en machote de nota suicida, debo asumir la responsabilidad exclusiva y absoluta sobre mi persona, mis decisiones y de mi nivel de aprovechamiento universitario, lo que equivale a decir: no se culpe a nadie de mi fracaso. El arquitecto de mi destino soy yo y solamente yo. Mi falsa modestia me obliga a escribir que soy culpable de errores y fracasos. Y al mismo tiempo, reconocer a mis profesores, cualquier acierto o éxito, aunque estos últimos brillen por su ausencia.
Y al abrir la puerta de la nueva carrera, mis lecturas se abrieron a la literatura mexicana. A las plumas nacionales. No sé si son pequeñas, grandes o inmensas. Bueno, sí lo sé. Al menos de una. Sé que Josefina Vicens es inmensa. Tan grande, que no cabe su nombre entre los otros que figuran —siempre los mismos—, en los textos que hablan de los mejores representantes de nuestra literatura.

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¿Qué puedes esperar de Lecturas Mexicanas?

Solo mis experiencias de lecturas de escritoras y escritores nacidos en México. No habrá nada más. Conservaremos, como en Un lector de a pie, el espacio dedicado a las obras, los autores y los premios.
No seguiré un orden, en mis lecturas, ni cronológico ni alfabético. Ni generacional o cualquier otro que pudiera establecerse desde la teoría o la historia literaria. Seré fiel a mi experiencia de lectura: transcribiré los recuerdos, sensaciones e ideas que cada uno de los textos reviva en mí y expondré los comentarios que me provoque la lectura, en un ejercicio de libre asociación —no psicoanalista—.

Y al tratarse de narraciones en mi idioma —que no domino, pero entiendo—, estoy seguro de que habrá mayor identificación con los textos, las anécdotas, las historias, las regiones y las costumbres reflejadas en los libros. No más inconvenientes con las traducciones, ni apelativos distintos para los objetos. La tienda de la esquina será eso, o tal vez, miscelánea, o el changarrito de doña Lupe, la tendera, o la tiendita, pero nunca más el colmado. Ni habrá colada, ni aparcamiento. Ni chófer, con acento. Habrá ferias, cuetes, 

misas y procesiones; pozole, chiles en nogada; y ya casi, espérame tantito, en un momento, estoy a cinco minutos, ya casi llego, te hablo la próxima semana para comer, nos ponemos de acuerdo, para rematar con ¡Viva México, cabrones!

Claro, mis expectativas nunca están ajustadas a la realidad, así que pasemos página de introducciones, comentarios, presentaciones, justificaciones y empecemos. Muchas páginas repletas de nuestros olores, sabores, sentires y usos y costumbres nos esperan. ¡Viva México! ¡Viva nuestra literatura! ¡Vivan las plumas nacionales! y que la Virgen de Guadalupe, nuestra morenita del Tepeyac, nos acompañe.

Ciudad de México, mayo del 2026